Interactividad, Información, Digitalización, parecen ser los tres conceptos claves para comprender los nuevos horizontes de la televisión. Ese el es planteamiento general que Carmen Gómez Mont nos ofrece en su trabajo a la par que nos abre una gran visión sobre un futuro, que-aunque parezca contradictorio-ya está aquí.

parece que más que a una revolución estamos asistiendo a la culminación de una evolución, o más bien de un proceso evolutivo que comenzó a gestarse desde hace cincuenta años con la aparición de la televisión por cable; esta abrió aún sin proponérselo una frontera nueva que hizo posible que en el futuro la televisión se perfilara como un medio interactuante con otros medios, y sobre todo con nuevas tecnologías que van desde el Internet, hasta la telefonía celular, y sus variantes de telefonía por cable.

Por otra parte la evolución paralela del Internet y la computación abren grandes posibilidades, además de despertar interrogantes, respecto al futuro de esta nueva televisión. Esta realidad perfila una televisión generadora de procesos complejos de información, susceptible de almacenar una gran cantidad de datos, y momentos históricos, estamos hablando, tal y como lo comenta la autora del trabajo de investigación, de una “televisión computarizada” capaz de contar con un disco duro, y su propio hardware que permita almacenar programas, e información específica.

Esta transformación deriva en dos posibilidades que la televisión actual no ofrece: La que el espectador con mayor libertad pueda diseñar su propia programación, es decir: decidir que ver, a que hora verlo, y en que orden verlo. De esta manera las audiencias podrán estructurar mejor su consumo cultural televisivo y aprender a ver estratégicamente la televisión en una mejor correlación con sus necesidades extra consumo televisivo, ya sean laborales o personales.

Si reflexionamos un poco comprenderemos que esta libertad si da un poder real al televidente, a diferencia del control remoto que sólo ofrece un poder aparente, es decir da la posibilidad de cambiar de canal, pero no de configurar integralmente la programación, o de posponer el consumo para cuando sea el momento ideal para el mismo. (Cuántas veces deseamos ver un programa “para más tarde”, y no podemos, es como si para comprar leche, libros o zapatos sólo tuviéramos dos horas al día para hacerlo ).

La otra posibilidad es la de autoconfigurar una memoria de nuestros propia evolución televisiva, y la de la sociedad: Registrar que veíamos, que vemos, y poder anticipar que veremos; esta variante constituye en si una forma de gestar una televisión cultural, en el sentido más puro de la cultura como aquello que se conserva en la memoria endógena o exógena para la posteridad, sea un archivo, una biblioteca o una computadora.

La realidad, más allá de mostrarnos esta enorme frontera que se gesta como una primera gran integración mediática del siglo XXI, nos ofrece un panorama aún mayor: La digitalización de la televisión. Este fenómeno integrado a la realidad de contar con una banda (HI FI) más ancha y accesible, y a la ya mencionada computarización del medio, proyecta la posibilidad de que los espectadores se conviertan en los propios creadores de sus programas e imágenes, o al menos tenga la capacidad de editarlos y modificarlos.

De alcanzarse este panorama, ( que de entrada parece viable para un solo grupo social: el que cuente con menor rezago económico, educativo y tecnológico ), estaremos asistiendo a un grado casi absoluto de libertad de la audiencia, que será capaz no sólo de configurar qué y cuándo quiere ver en la televisión, sino como lo quiere ver.

En este estadio de libertad e interactividad complejo, la Internet y el vídeo jugarán un papel determinante: Más allá de que tanto se acceda a la televisión por la red, estaremos asistiendo a la posibilidad de crear una red mundial de productores y co-productores de televisión, que podrán intercambiar imágenes, información y hasta programas, libres del mercado de los anunciantes y las emisoras de cualquier índole.

Y en esa realidad las reglas del juego, legal, político y comercial tendrán que cambiar. Quizá suene utópico, pero esta situación podría cambiar el escenario global, y así el medio que parecía más alienante se puede convertir en aras del la tecnología y la acción individual, el que finalmente restablezca el poder del individuo frente a los grandes corporativos dominates, y frente al control del Estado de los medios de comunicación comerciales y públicos. Entonces podremos hablar de una democracia integrada a la microrealidad, y no sólo como un asunto de las mayorías.

Quizá entonces, se hará realidad lo que alguna vez me comentó un escritor Xalapeño-y gran amigo-Roberto Peredo, ( premio nacional de novela histórica por cierto). “La televisión no le hace mal a nadie, es más quizá lo que hoy creemos que nos destruye en realidad puede estar construyendo, sin que nos demos cuenta nuestra propia evolución”.

Eduardo Azuri Miranda